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Parte de la película "No Habrá Más Penas ni Olvidos"
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Antes de ir, teniendo en cuenta lo que me tocaría hacer/decir, releí la novela. No lo hacía desde hace treinta años... Me gustó tanto o más que entonces (creo que es la mejor novela del Gordo, la más redonda), pero ahora con otra distancia del texto, más saludable, supongo. Es que No habrá más penas ni olvido –la novela– tiene una historia interesantísima: la de su circulación. Publicada por primera vez en castellano durante la dictadura por Bruguera de España –habrá sido en el ’79 u ’80, acaso un poco después, no me acuerdo– cuando Osvaldo estaba en Bélgica o en París, la leímos de rebote clandestino por algunos ejemplares que llegaron en manos de amigos, ya que obviamente no se distribuyó acá. Aquella edición tenía un (necesario o no) prólogo explicativo para lectores no argentinos en el que se daba contexto político-ideológico a los hechos que se contaban. Visto en perspectiva, supongo que fue esa lectura interpretativa del peronismo de los ’70 y de la figura de Perón lo que me distanció entonces de un texto que me parecía, por otra parte, de una eficacia narrativa increíble.
Sentimientos encontrados, que le dicen: lo que no puedo encontrar aún hoy es la crítica-comentario que en aquel momento hice en una revista cultural más o menos partidaria del peronismo, impresa en papel marrón y de efímera duración. Si alguno la tiene, que me la alcance. Me servirá para recuperar exactamente qué pensaba/sentía yo en aquel momento. Me costaba digerir ciertas cosas, ciertas evidencias. Soy de digestión política lenta. Me tomó mis años.
Volviendo al texto, y contra lo que algunos podíamos suponer, el Gordo siempre sostuvo (y le creo) que no había escrito la novela en Europa sino antes de irse, y que acá le había resultado impublicable. Habrá sido en el ’74/’75, entonces, después de Triste, solitario y final. Los hechos que suceden en Colonia Vela (una contundente, alevosa crónica en escala o alegoría minimalista de la agonía peronista, del drama nacional) suponen un Perón vivo y en el gobierno, una derecha embrujada y dominante, y unos milicos aún prescindentes, ominosa y próxima sombra.
Sin embargo, el dato que remite o permite suponer una redacción o al menos revisión posterior del texto es el título: la cita de Le Pera –“de Gardel”, elige Soriano, quedándose con el intérprete, con la voz que (le) dice el verso de “Mi Buenos Aires querido”– no alude a la historia en sí, no se justifica en ningún lugar del relato, sino que remite a la alevosa situación del autor autoexiliado, a sus sentimientos de desgarro. Por eso creo que No habrá más penas ni olvido, el texto final, está atravesado por una mirada trágica que sabe/conoce, ha visto, más de lo que dice o necesita decir.
Aquella edición española de Bruguera, naturalmente, apenas si se leyó en la Argentina. Hubo que esperar a que, en las postrimerías de la dictadura, en los primeros meses de 1983, el mismo sello la editara acá, ahora sin prólogo explicativo, junto con la exitosísima Cuarteles de invierno (ésta sí escrita durante la dictadura), y ambas hicieran que, cuando volvió definitivamente en 1984, el Gordo ya fuera el autor reconocido y popular que marcaría, con adhesiones masivas y críticas puntuales, una década entera de la narrativa argentina.
Pero cabe volver a ese momento crucial: la edición argentina de No habrá más penas ni olvido apenas si se anticipó a su versión cinematográfica. Tal vez me equivoque, pero deben haber sido meses, no más. Y las circunstancias fueron muy especiales y específicas: según repaso ahora, el estreno de la película de Olivera fue el 22 de octubre de 1983, apenas ocho días antes de las elecciones del retorno a la democracia en que triunfó Raúl Alfonsín. Se dice (y se dijo entonces) que el efecto sobre el electorado de clase media que tuvo la película sólo es comparable al casi simultáneo gesto pirómano y piantavotos de Herminio Iglesias...
Quiero decir: escrita casi diez años antes en el país y sobre hechos contemporáneos, publicada durante la dictadura, en el exterior para otro público, filmada en vísperas de la democracia tras hechos que la iluminan u oscurecen retrospectivamente, No habrá más penas ni olvido se resignifica cada vez según los contextos. Incluso en el presente. El sábado, viendo la película, con la relectura de la novela muy próxima, pude verificar en qué medida el film (a partir de elementos que están sin duda en la novela de Soriano) subraya con particular alevosía el componente violento del peronismo, tanto “por derecha” como “por izquierda”, y sobre todo la figura de un Líder ambiguo, lejano y en definitiva responsable del espanto.
Me contaba María del Carmen Bianchi, lúcida, laburante y eficaz directora de la Conabip, que tras la proyección y todavía conmovidos por la notable potencia de las imágenes, se le acercó alguien emocionado, y le dijo: “Aquéllos eran peronistas, eh”. “¿Cuáles de todos?”, pensó/dijo ella y pienso/digo yo. Que sólo queden limpitos y sin contradicciones el delegado Fuentes, algún que otro muerto –entre ellos el loco Cerviño, inolvidable Dumont, simbólico enmerdador– y sólo sobrevivan con la mitológica fe de la afirmación político-meteorológica del final (“es un día peronista”) un borracho loco y un policía más ingenuo que oportunista, no deja mucho margen.
Por eso –entre otras cosas– me hubiera gustado encontrármelo a Luppi. Para charlar de estas cosas. Ya que no puedo hablar con Perón, ni con el Gordo...
El 24 de mayo por la noche, el coronel Saavedra y el doctor Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras será pronunciada esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos.
Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las mismas mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más, a presidir una junta en la que haya representantes del rey Fernando Vll "preso de Napoleón", y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso regimiento de la Estrella, está por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", les dice a los jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas ni amables ciudadanos que repartieran escarapelas.
El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorialista se consulte. Todos, por supuesto salvo el pudoroso Belgrano, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo Buenos Aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. "Un inmenso pueblo", recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más de cuatro mil almas si se tiene en cuenta que más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo la califica de "crecido pueblo".
¿Sabían los jacobinos de la Primera Junta en esa remota, casi improbable fría y lluviosa mañana de mayo de 1810, qué vientos corrían por el planeta? Hasta donde eran jacobinos, hasta donde alcanzaba su lectura de la historia, hasta donde se decían que la historia no era una pesadilla de la que deseaban evadirse, sabían que la Santa Alianza levantaba, en Europa, los estandartes del retorno al viejo orden, y que Napoleón, el representante más sagaz de la burguesía francesa a quien el bueno de Hegel llamó el alma del mundo cumplía, con prolijidad y genio, la tarea de enterrar los ecos del desmoronamiento de la Bastilla, de Valmy, y del sueño igualitario de los sansculottes.
Y, sin embargo, pocos como fueron, tal vez desesperados, en una tierra de vacas, contrabandistas y evasores de impuestos, ausente la base social que los respaldase, confiaron al futuro su venganza y su reivindicación. --------------- A qué se alude, entonces, cuando se nombra esa fecha? ¿A una celebración escolar, rutinaria y aburrida? Sí. ¿A calles y monumentos que nivelan, en los altares erigidos por los apologistas de la unidad nacional, a enemigos profundos, irreconciliables? Sí. ¿A un país poseído por los Anchorena, los Pereyra, los Leloir y otros caballeros de quienes el señor Domingo Faustino Sarmiento, un entusiasta paranoico del progreso a la norteamericana, abominó en un instante de lucidez? Sí.
Pero también a la utopía, y a los que todavía no desisten de ella.
Si quieren subir algo para festejar el 25 de mayo, en la carpeta de arriba (la de Rivera) pueden hacerlo.
Porque el pueblo quiere saber de qué se trata... Por las utopías entonces y quienes no desisten de ella, feliz 25 de mayo para Latinoamérica y también para España... E.G.
Sobre los Jacobinos:
"Los jacobinos y el jacobinismo vienen de los tiempos de la Revolución Francesa, y reciben su nombre por el convento en que se reunían, después de haber desalojado a sus iniciales ocupantes. El jacobino más famoso es Robespierre, al que asociamos dándole a la guillotina, por mor de la eficacia de la leyenda conservadora que, desde su muerte, también bajo la guillotina, le ha perseguido"
El jacobino ocupaba el poder del Estado para con su fuerza extender la revolución en beneficio del pueblo. Incluso a costa, a pesar o en contra de la voluntad del pueblo. Su profundo, casi religioso, compromiso con la causa revolucionaria y con la virtud ciudadana le llevaron a imponerse a toda resistencia, empleando una violencia sistemática, justificada por las bondades del objetivo final revolucionario. Jacobinismo, en ese sentido, remite a minoría ilusionada o iluminada por la idea revolucionaria, profundamente creyente en el beneficio del pueblo pero no demasiado exigente con la participación de éste. El jacobino, en el fondo, es un aristócrata puesto por sí mismo al servicio de la ignorante y querida multitud.
El remate más preciso lo constituye el lema de siempre de los jacobinos: 'Igualdad de derechos para todos, en todas partes y al mismo tiempo'. Ahí radica el misterio. ¿Quiénes son miembros de una misma nación? ¿Qué une a los miembros de una misma nación? Según los jacobinos, el pertenecer a una misma ley, el estar sometidos a las mismas obligaciones, el poder disfrutar de los mismos derechos, en cualquier parte del país y en cualquier instante de su futura historia. Ni las voces ancestrales, ni los supuestos derechos de la tierra que pisan, ni la historia, ni la tradición: somos de la misma nación porque participamos de un mismo contrato con ésta y con sus conciudadanos.